Piuf.
Creo que nunca entenderé a la mayoría de personas que me rodearon en su día, y jamás tendré la oportunidad de hacerlo. Pedían cosas que nunca daban, quizás fuera mi caso de la misma forma, seguramente nunca dí lo que esas personas querían. Ya no importa, pero me da mucho en que pensar.
De golpe te dicen que no luchas, de golpe te dicen que abandonas, que te rindes, que lo dejas. ¿Por qué? A saber. La única confusión la creas tu mismo. Los demás, llenos de perfección, tienen derecho a quejarse de algo que piden y no hacen.
Y algún día, a cualquier hora, te llega la duda. Es cierto, dejé de luchar, pero ¿ellos lucharon por mi? Y no sirve la respuesta que quieres que sea cierta, sino la real, la original, la válida. Y por un momento, no sé, quizás la soledad haga acto de presencia. En algún rincón acurrucado pasan las horas.
¿De qué sirve todo esto? Seguramente de nada. Quizás para todo. Me vale como recuerdo. Incluso el dolor más lejano puede resquemar de vez en cuando, recordándome que aprenda a luchar por lo que quiero, con la esperanza de que alguien esté pensando igual que yo y se comporte de la misma forma.
Aunque, no sé. Quizás estoy equivocada. Quizás jamás di nada por nadie. Tal vez mis pensamientos sean exagerados. Puede que nunca haya estado en lo cierto. Es hora de mejorar.










